Humanidades: ¿para qué?

Luis Miguel Rionda

Participo ayer y hoy ¾23 y 24 de marzo de 2023¾ en la 44 Reunión Nacional de la Red MIFA (Red Mexicana de Instituciones de Formación Antropológica), que aglutina a casi 30 centros de estudio de todo el país. Son instancias públicas y privadas que forman antropólogos y antropólogas sociales, profesionales de la etnología, tanto en licenciatura como en posgrado.

México ha destacado desde hace un siglo como un espacio social propicio para los estudios etnográficos profesionales, desde los padres fundadores como Alfonso Caso (1896-1970) o Manuel Gamio (1883-1960), y otros nacionales y extranjeros, siempre con vocación aplicada a los grandes problemas nacionales. Varias generaciones de estudiosos han construido un sólido edificio académico, que se expresa en una gran cantidad de libros, revistas, memorias de congresos, tesis de grado y proyectos aplicados. Una mirada panorámica de esta tradición puede obtenerse en la página Antropowiki que administra el CIESAS (https://t.ly/07jS).  

Desgraciadamente, estas instituciones de la Red MIFA experimentan una crisis sin precedentes. Las autoridades federales y estatales a cargo de los sistemas educativos nacional y locales han aplicado desde hace al menos dos sexenios ¾el “neoliberal” de Peña Nieto y el “humanista” de la 4T¾ políticas fuertemente restrictivas hacia las disciplinas sociales y las humanidades. La visión tecnocrática imperante en la formación de profesionales, que se ha impuesto en el mundo occidental desde fines del siglo XX, parte de la preconcepción de que el conocimiento social y humanístico no tiene aplicación práctica,  y por lo tanto es una erudición vacua y superflua, propia de las clases ociosas. ¿De qué sirve que se estudie el pensamiento clásico y las lenguas grecolatinas? ¿Para qué perder el tiempo leyendo textos densos, si existen los audiolibros sintetizados? ¿Por qué reflexionar sobre los grandes problemas sociales y políticos, si las élites nos facilitan sus cápsulas de conformismo y felicidad consumista mediante los mass media?

Esta percepción es popular entre nuestros gobernantes. En Guanajuato, una entidad que le ha apostado a la formación de capital humano mediante una estrategia etiquetada eufemísticamente como de “mentefactura”, se invita a los estudiantes de nivel medio superior a que estudien carreras tecnológicas, no humanísticas. El gobernador declaró recientemente que “[…] si seguimos graduando a estudiantes en humanidades, cuando lo que necesita ahora la industria son ingenieros, (los primeros) no van a encontrar trabajo. […] ¿Qué van a necesitar las empresas? programadores e ingenieros. Si les ofrezco abogados, contadores, nutriólogos, me van a decir (las empresas): no me sirven.” (https://t.ly/yjxo).

Si la función de las instituciones de educación superior es proveer de mano de obra calificada a las empresas, deberíamos convertirlas en centros de capacitación y oficios, a la manera de la desaparecida “Universidad del Conocimiento” del exgobernador Fox.

Las universidades tienen la obligación de cultivar todas las áreas del conocimiento formal, incluyendo las disciplinas sociales y humanísticas, y por supuesto las artes. Su vocación es universalista, no particularista. Esto lo entendieron muy bien los exrectores fundadores de la Universidad de Guanajuato, Armando Olivares y Eugenio Trueba, los “últimos humanistas”, como les he llamado (https://t.ly/cKWc).

Los antropólogos sociales somos especialistas en la elaboración de diagnósticos socioculturales, análisis de coyunturas y de estructuras sociales, diseño de programas de inclusión de poblaciones vulneradas, estrategias de educación multicultural, estudio de las culturas populares y tradicionales, así como el examen de temáticas específicas como la violencia social y su prevención, la gestión incluyente de la cultura, las relaciones interétnicas, la evaluación de programas sociales, la comunicación grupal empática, la cultura política y las actitudes hacia lo público, etcétera.

Los métodos de investigación etnográfica son maleables y cualitativos; rescatan la visión de los otros, los diferentes, los heterogéneos. Reflejan la curiosidad humanística de los pensadores clásicos, desde Herodoto, Marco Polo, Fray Bernardino de Sahagún, Fray Francisco de Ajofrín y muchos otros viajeros y pioneros. Esa curiosidad debe ser alentada y aprovechada por los empleadores públicos y privados, que aún se preguntan para qué sirven esos muchachos greñudos de morral y muchachas de huipil.

Por Juan Ma J

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