A cincuenta años de Silao

Luis Miguel Rionda
El día 13 pasado se cumplieron cincuenta años de un desastre natural que marcó el desarrollo del Bajío mexicano, y muy en particular a la ciudad de Silao, Guanajuato. Un meteoro que duró más de diez días transformó radicalmente la fisionomía urbana de esa localidad, que entonces tenía poco más de 30 mil habitantes. La presa de Chichimequillas, un vaso que protegía al asentamiento de las avenidas fuertes durante la temporada de lluvias, se vio desbordada, y los arroyos y el río Silao se convirtieron en “burros de agua” que barrieron con siembras, aperos, animales y la vía del tren. Muchas casas y edificios, sobre todo los hechos de adobe, se vinieron abajo o quedaron en situación inhabitable. La tragedia humana fue enorme, y convocó a la solidaridad nacional.
Tengo muy presente esa tragedia porque yo estudiaba en la preparatoria oficial en Guanajuato capital. Muchos chicos universitarios nos apuntamos en brigadas de servicio social para apoyar los auxilios en Silao. Mi padre, funcionario entonces en el gobierno estatal de Luis Ducoing, fue comisionado por éste para coordinar los esfuerzos. Esto motivado porque aquél había nacido en Silao, de donde era originaria su familia materna: los Arreguín, descendientes de don Barbarín el boticario.
Fue una experiencia estrujante para mí. Yo ya había presenciado las inundaciones de 1969 y 1971 en Guanajuato capital, que también fueron desastrosas, pero concentradas en algunas zonas de la ciudad. Luego sucedió la de Irapuato en 1973, cuando se rompió la cortina de la presa de El Conejo. De esa sólo supe por los medios y por testimonios de mis familiares. Pero quiero destacar que, en esos tiempos, las principales calamidades que azotaban el Bajío eran los diluvios. Ni temblores, ni incendios: han sido las trombas y tormentas de verano que pegan en breves periodos y sobre espacios concentrados. Los que vivimos en esta región sabemos que puede llover muy fuerte aquí, y nada por allá.
Mi historia familiar ha sido marcada por los aluviones. Soy descendiente de los boticarios Arreguín, que en principio tenían su droguería en Guanajuato capital, en el rumbo de Belem. La inundación de 1905 los obligó a cambiar su negocio al jardín central de Silao. En los años cincuenta la botica quedó a cargo de mi tío abuelo Alejandro Arreguín. A él le tocó el desastre de 1976. Su hermoso portal colonial quedó tan afectado que debió reemplazarlo por uno “moderno” y horrible, pero resistente. Eso le sucedió a todo Silao: una hermosa villa abajeña que perdió gran parte de su patrimonio construido, para convertirse en una ciudad sin mayor identidad urbana. Fue una lástima que las autoridades de entonces no hayan procurado la restauración y preservación de esa heredad artística e histórica.
Es un hecho que las inundaciones han modelado, para bien y para mal, el desarrollo de nuestros centros urbanos en el Bajío. Han provocado pérdidas enormes en vidas y propiedades, y han modificado la estructura y la fisonomía de nuestras calles y edificios. Pero como en cualquier desastre, nos han permitido crecer en nuestra estrategia de previsión y prospectiva. En el medio siglo transcurrido desde Silao 1976 ha descendido el número de eventos (Salamanca 2003, León 2018). Quiero creer que mucho hemos aprendido de las desgracias.

