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Columna Diario de Campo – Mosaico Informativo Noticias
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Soy maestro…

Luis Miguel Rionda

 

Terminé mi licenciatura en diciembre de 1982. Egresé de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa, de la carrera de Antropología Social. Al año siguiente ingresé a la maestría en la misma disciplina en El Colegio de Michoacán, en Zamora. En ambos niveles mi formación nunca me dio las herramientas para desempeñarme como docente frente a grupo. Mi disciplina de origen está muy enfocada a la generación de conocimiento y a la aplicación de políticas públicas para el desarrollo social y cultural.

Cursaba la maestría cuando recibí la invitación de impartir una materia sobre antropología social en una escuela de enfermería en Zamora, que estaba incorporada a la UNAM. Fue mi primera experiencia docente, y me estrené frente a un enorme grupo de chicas inquietas que no me tuvieron consideración alguna. Fue emocionante y traumante al mismo tiempo. A golpes de realidad me formé poco a poco como profesor, sin herramientas pedagógicas ni recursos didácticos. Tuve que aprender en la arena.

Desde entonces he impartido docencia en el nivel medio superior (ocho cursos), licenciatura (136 cursos) y posgrado (56 cursos). En total 200 cursos semestrales o cuatrimestrales en 42 años como profesor ante grupo. Creo que eso me califica ya como un docente consolidado. He tenido todas las experiencias que pueden esperarse de la convivencia cotidiana con chavales inquietos, rebeldes, comprometidos o irresponsables. Por cierto, con cada vez más mujeres que hombres.

Las muchas revoluciones tecnológicas me han pasado por encima: la PC, el Internet, la Web, las aplicaciones, los bancos de información y ahora la IA, que apenas comienzo a rascar. Siempre los chicos me llevan un paso adelante. Todo ha abonado, estoy convencido, a enriquecer la experiencia estimulante de la enseñanza-aprendizaje. La docencia me ha permitido mantener los pies en la tierra y a dialogar con jóvenes que con frecuencia no comparten mis convicciones. Pero de eso se trata.

La investigación social me ha dado muchas satisfacciones egoístas. Es cierto que a los que nos pretendemos generadores de conocimiento nos impulsa la vanidad y el hambre de reconocimiento. Por eso firmamos nuestros trabajos: porque nos alimentamos del crédito autoral, el vínculo con las ideas propias y las compartidas.

Pero la docencia es un ejercicio de generosidad y desprendimiento. Se comparte un conocimiento construido en común, pero también los sentimientos personales, que nos permiten tejer vínculos simbólicos con estos misteriosos habitantes del siglo XXI, que poco se parecen a los que nos educamos en las últimas décadas de la centuria anterior.

Aunque mucho sufrí en mi iniciación docente, hoy confieso que disfruto cada curso que doy. Voy en camino al destino de mi padre, que mantuvo hasta el fin de sus días un curso que impartía gratis en la Facultad de Derecho de la UG. Ahí cargaba pilas y renovaba su fe en la humanidad. Como él, soy maestro. Qué placer…

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Por JuanMA A